Agradecimientos.

Escribir un libro era una promesa que le hice a una persona cuando éramos niñas. Hoy puedo decir, que a pesar de las muchas dificultades que he tenido para realizar este proyecto imperfecto, mi promesa pasa a ser una meta cumplida. En aquel entonces no hubiera podido imaginar, que lo haría a través de la red. Esto no hubiera sido posible sin todas vuestras visitas, por eso, las dedicaciones se refieren a todos y cada uno de los que a lo largo de estos años, me hicisteis sentir más acompañada en mi soledad. Profundas gracias a los ojos que me leen hoy, ayer y siempre.

martes, noviembre 11

Dijins Di 32.



El tiempo, no tenía el carácter que pertenece al individuo humano, al ser que  con vida, que ve el transcurso de sus días tal y como lo conocemos.   Ese saber,  ese concepto que nos acompaña en toda nuestra vida, que nos recuerda que nada es eterno y nos reencuentra con la muerte. Ausente ahora  y olvidado de mí, me empujo a buscar el contrapunto, la solución.

Mientras sentía las secuelas de mi cautiverio, algo ligero, que nacía como una  nueva memoria, evocaba  imágenes  disparatadas de troncos secos, ramas cortadas y devastadas por plagas de termitas, madera sucia... y en todas ellas  ocupo en mí una respuesta.  Supe que precisamente  es ese tic-tac,  necesario para crear una armonía, “el tiempo”. La esencia de la vida o la evidencia de la misma, era la respuesta  el camino de regreso  y rompería esa sincronización  perversa, el conjuro que me mantenía prisionera,  atada a esa espantosa energía,  engendrada en los infiernos de  la desesperación  o en el inconsciente y mareas de dudas y los miedos más ancestrales del conjunto de la humanidad. Pero ese tiempo  o la certeza, carecía de importancia  en aquella prisión  y eso lo hacía insoportable.

Domando la locura, fui aprendiendo a adiestrarme,  en  la necesidad  de comprender a ese ser que me ocupaba  y copaba mi libertad. Esa vida paralela que se existía  para devastar la mía, que con rigor dominaba mis movimientos, mi todo, pero mi yo, no cejo jamás  en avistar la libertad de nuevo o al menos una vez más.

Quizás en aquella locura, en las esquinas  confusas del dolor, tan solo la luz que atisbaba a vislumbrar, era la de aquel sentimiento que me unía a  Ihan, como única  fuente de fe. Creía que si lo podía ver, existía… y si existía él existía yo. Sabía que  debía creer en mi  intuición.

Los rotos en mi alma eran ya casi imperceptibles, para  conservar el único hilo de lucidez los hice descender, los hice  dormir en mi interior.

Despierta a tal inadmisible  consentimiento. En mi, nació una  probabilidad poco esclarecida y confusa, que pugnaba por  turbarse en la única  realidad concebida  y donada a mi vida.

El aprendía de mí,  de la misma manera que yo me surtía  de de su sed.

El impulso encolerizado de mi voz, nuevamente  se perdió, en la penumbra de una nueva mañana bautizada con nieblas espesas, que tardarían largos meses  en desvanecerse.


sábado, septiembre 14

Dijins Di 31




En algún  lugar confuso,  donde guardaba mis recuerdos perdidos. Tenía la certeza de conocer a ese ente extraño que arrebataba mi voluntad.

Lo más perturbador fue, adquirir  conciencia, de las lamentables consecuencias que llevaban a mi insigne  ser, en  ese sentir extraviado  y  dominado  por el mal, el hecho de que mi voluntad  fuera mitigada.  Suplantada por otra voluntad,  ajena a mis pensamientos. Algo incomprensible  e inadmisible se acontecía en aquel  preciso rit,  y  no frente a mí, sino dentro de mí.

El vértigo que me propinaba tal  sensación,  ya de por sí, era inconcebible. Entendí, que rebasar el miedo daba lugar al pánico y en él me hallaba, e inmóvil, absorta en esa brutalidad palpable, de esa contención  sin paz  en la  que se nos enseña a no respirar. Tal vez por  ello mismo se abotonaban con esa fuerza las ideales soluciones conclusas, que vendrían a socorrerme, ya que todo mal se ve precedido siempre  por una solución, una llave que parte y rompe por la mitad,  el muro que las divide.

Entonces recordé un antiguo cuento, que hablaba de la fuerza interior, del diamante en bruto que llevamos dentro,  todos y cada uno de los habitantes de este planeta. En ese espesor ensordecido o embutado del tiempo,  y con el peso de una sobredosis de ideas,  apretando mi azotado respirar, quise recordar también que  habían sido Los druidas Hititas los que trovaban esas cantinelas que ahora me servirían de alivio.

Aunque, y a pesar  de que  un millar, de constantes contradictorias me esperaban en el quicio de cada idea, y el absurdo sufrir de no simplemente, no ser comprendida, sino más bien aniquilada, por una situación inadmisible y sin explicación. Haciendo acopio de valor  estruje el  aire, para adquirir el más puro  saber de aquella cantinela, que ahora venía a mí, como única cura o salvación.

La fuerza interior  habita en cada uno de nosotros, desde el mismo momento en que se forma nuestra vida y muy a pesar de lo que nos pueda llegar a deparar el destino  o camino, esta jamás se verá destruida o ahogada, tan solo callada. Por ello en cualquier situación…

Pero en ese instante fue como tener delante de mi rostro otro rostro, que  se insinuó aterrador, que lo cambio todo  y lo movió todo de sitio, y que hizo que los pensamientos cayeran.

La puerta de la cabaña se abrió  y se cerró con  agresividad.  Para desmedrar mi convicción, aun así, no deje de creer en mí.

Gracias al cielo y los espectros  conocedores de las claves del universo,  que vivieron en tiempos en los que  no fueron comprendidos, hoy depositaba yo, mi tenacidad y la firmeza aplastante ante otras convicciones y de que solo de ello se trataba y todo se hacía realidad. Mis ancestros, mis recuerdos perturbados por la amnesia. Era Di  y la ensordecedora historia que nos había contado,  la abducción  de mi vida y mis pasajes, ahora como si la  sintiera  desde dentro de una celda, admiraba la verdad y no  la podía alcanzar.

De pronto saboree, soy yo. La vida que habita en mi, y nací, y  tuve  risas  y lagrimas y paz y nerviosismo, porque no superar una ráfaga más de ese mana. Ser  y estar.


 Y  me hice, luchando después de  la premura, la misma con la que se convoco todo el esplendor, en el mágico instante en que se crea una vida. Me  reconocí cansada y herida pero no extinta. 

miércoles, marzo 6

Dijins Di 30.





 Esa noche el viento  azuzaba con fuerza y yo no podía  dormir, por más vueltas que daba, el sueño  no  me quiso acoger.  Algunos   pensamientos alborotados desvelaban mi descanso.   

Sin esperar más a la vigilia,  enemiga   en las  noches de insomnio. Salte del  cálido catre  y tras  un pequeño relax en el sofá, quede en blanco vigilando el chisporroteo de las últimas brasas. La fantasía  sorprendió vacía a mi mente.

 Me apeteció salir al exterior,  para  caminar en la  noche cerrada y enfrentarme a mis miedos.  Quise saber, que no estaría nada mal,  bañarme de viento, abusar de su fuerza, quizás inspirarme en sus aromas.  Cerrando los ojos, suspiré un  único deseo,  mecerme en él , volar, dejarme llevar.

Nada más traspasar el umbral de la puerta, una bofetada de polvo  me azoto en la mejilla, para brevemente suavizarse e instarme a  continuar, a adéntrame en sus fauces.

Mientras acariciaba el sarpullido minúsculo, que se  había provocado en la piel que cubría mis mejillas,  inspire nuevamente,  a la vez que me pregunte  (si el viento  tendría conciencia).  Bajo el techado que cubría la entrada y sobre el adoquín  envejecido que  formaba  el suelo,   un columpio gastado chirriaba  al vaivén que le provocaba él, (el viento)  con sus manos invisibles.

Era divertido  imaginar, y también fácil.  Así,  con pasos lentos,  empecé a caminar  por el césped  descuidado, con los pies descalzos, para sentirme más  cercana a la vida.

Entonces el viento, se torno menos brusco y pareció jugar con mi pelo  y descaradamente  arrebato el chal que cubría mis hombros, para demostrarme que no era un viento frio,  que tan solo era fresco.

Percibí  la sal del mar en  su aliento y la arena del desierto, también pude notar un nido de águilas, en unas  cumbres rocosas  de montaña, y sonreí  con la  gracia de la felicidad.

 Breves pasos   más adelante  en mi camino,  algo gélido e inmóvil  secuestro  esos instantes felices.  La oscuridad  de la noche, se hizo mucho más profunda  y sentí que había conectado con algo extraño, un nerviosismo raro se adueño de mí y  al girar mi cabeza lo vi. Era una imagen  terrorífica,  una figura que no sabría si interpretar como hombre o como mujer,  agachada en el suelo de una habitación blanca, con mucha luz y sus ojos miraban fijamente a los míos, suplicantes, aterrados y a su vez amenazantes, sus cabellos largos y oscuros se movieron breves segundos para entrar en una quietud perversa.

Resbale y caí al suelo,  a la vez que intente escapar de aquella visualización, que de pronto  amenazaba  con  enloquecerme y grite,  y note como el viento  enmudecía mi voz  y se torno violento.

Las ramas de los arboles más cercanos, conspiraron con él y a mi contra.

jueves, febrero 7

Dijins Di 29





No cabía el mal allí. Pensé o decidí.   Estar  en un espacio tan acogedor  como aquella casa, cada detalle  que contenía  había sido distribuido al azar y sin embargo, invitaba a soñar, a dar relajo a las malas interpretaciones que nos rondan  en nuestra estupidez mortal y  que continuamente  nos bloquea  y  no permite que veamos bien.

No me preocupaba en absoluto  mi procedencia o todo  lo que perteneciera a mis recuerdos. No necesitaba sentir nada más que el ahora que vivía.  En aquellos instantes, los pensamientos que hacían referencia a mi pasado,  era tan simples que fueron pensamientos fugaces escapándose con la energía que salía desde mis ojos  hacia todos y cada uno de los espacios que me desvelaban a Ihan.  Ansiaba o mejor dicho, solo necesitaba sentirme bien.  Respirar sin presión en el pecho y concretar por fin, que las arrugas que surcaban el contorno de mis ojos  pertenecían a la placidez  mecida por la  felicidad, que se justificaba en un tiempo real.  Deseche todos los malos prejuicios por  la puerta que daba a la calle. Tales  premisas no me llevaron más de cinco minutos. 

La curiosidad me tentaba desde la estantería donde Ihan había colocado la colección de papeles.  Asegurándome  de que la intimidad se hacía a mi lado, agarre el sinnúmero de  papelorio.  Asumiendo  falsas dotes de payé,  para interpretar  los garabatos que allí se mantenían,  testimoniando   miles  de  inquietudes,  de la incógnita mente  que las hubiera descrito en tinta negra.  Comencé a asimilar de nuevo,  algún detalle más en el conjunto de la escritura. De pronto como si se hubiera despejado parte de la niebla que  ofuscaba  mi mente, fui consciente de que tenia la habilidad de identificar ciertos rasgos de la escritura, con los que llegaba a desvelar parte importante de la personalidad de quien los  escribía.

 Mis conocimientos grafológicos  surgían a borbotones a cada  instante. Y así fui  identificando un nuevo rasgo en cada letra o en cada coma.  Su conjunto básicamente iba haciendo  que tuviera otro dato más, que iba  revelando a una personalidad  muy atormentada, y compleja, escondida   tras del papel.  Inmersa en los escritos no me di cuenta de que Ihan había comenzado a depositar los platos rebosantes de comida sobre la mesa, tan solo el olor a  comida  sustrajo mi atención de los papeles.

 Durante la cena  conversamos,  de observaciones  sin profundizar en ningún tema en concreto, se hacía notorio  la incomodidad que representaba  para Ihan, atar sus  malos genios, por el mismo motivo le inste a que me llevara al pueblo la mañana siguiente. Alegando culpas a las inclemencias del tiempo, dejo constancia de que las carreteras  que nos unían con el pueblo más cercano se hallaban  cortadas por las intensas nieves , y que aventurarnos en ese viaje seria más bien un desafío a la muerte.  El trayecto no podía realizarse andando por las bajas temperaturas, en su totalidad el contenido del mensaje que  alegaba, era que estábamos aislados en  la cabaña a varias horas de distancia  de la civilización. Tales noticias alegraban mi interior y no intente mostrar  entusiasmo alguno, prefería esconder las verdaderas emociones  al menos por aquel momento.
Dirigí mi mirada hacia la ventana  mientras Ihan recogía los platos, habiendo ya renegado de mi colaboración en  los menesteres domésticos, se dispuso a  preparar un par de cafés.
 Los copos  que caían sin perdón, ni pausa, eran de gran tamaño. El fluir de estos  era de una fuerza hipnótica, que  embelesaba  y a la vez  su ligereza transmitía paz. Imagine el frio que debía de estar haciendo en el exterior  y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

martes, enero 8

Dijins Di 28.


Las horas pasaron sin más sobresaltos, más que  las hojas que traía el viento a nuestros pies.

Sin meditar  más que una simple sonrisa, me dejaba llevar por el entusiasmo de la alegría que bullía en su corazón y contagiaba el mío. Sus ojos apresaban los míos. En ellos,  destellos de lejanas estrellas me alcanzaban el universo y pude sentirme como se siente un poeta  realizado. En su meta.  Unida en un  éxtasis con el aire y el tiempo, al  sentirme viva.


 Demoramos nuestro regreso a la cabaña entreteniéndonos en el camino de vuelta. Ihan  me  presento  la naturaleza desde otra perspectiva,  lo que antes parecía común o normal, se mostraba con más brillo, con una luz especial.  Incluso los movimientos imperceptibles de las plantas cobraron otra conciencia,  haciendo que la conclusión de la vida fuera mágica en aquellos instantes. Parecía que la misma vida conspiraba para que así fuera.

Al llegar al cobijo de su choza, encendió el hogar con  los leños apilados en un cesto de mimbre, ya gastado por el  uso.   Mientras  yo le miraba  acomodada desde el sofá, estudiaba sus movimientos sin disimulo. Mis sentimientos afloraban sin reparos, las sensaciones que  abordaban en mí,  me instaban a entregarme en un abrazo carnal a aquel hombre que apenas acababa de conocer.

Cuando se giro para observarme,  el  lenguaje corporal debió de delatarme. Sorprendiéndome en una pose que retenía mis deseos inquietos y tímidamente nerviosos. Se acerco a mí y me arrebato la mano  de la que estaba mordisqueando el dedo índice, el  que se veía un tanto enrojecido.

_ Quizás te interese conservarlo, nunca se sabe si te puede hacer falta después _  dijo,  desplegando una amplia y llana sonrisa.

No me ruborice, al contrario. Deje escapar  la más sibilina de mis miradas, intentando ser una seductora inofensiva o escapista de situaciones vergonzantes y comprometidas.

De una o de otra manera, estaba contado  para mis adentros,  que acabaría  rebozando mi cuerpo contra el suyo.  Más antes, que temprano. Que era un hecho, que nuestros caminos se habían encontrado por algún motivo, y que aunque no recordara nada de mi pasado, ni falta que me  hacía.  Pues me preguntaba para mi,  ¿Qué probabilidades tenía, en ese supuesto  pasado  de ser tan plenamente feliz? como  ya era, en esos días de amnesia. Dictamine en mis  pensamientos.

Pero el encantamiento se rompió, cuando Ihan alargo una silla hacia el sofá donde me acurrucaba y comenzó a extenderme  un montón de papelotes garabateados y dibujados,  por Dios sabe que locas manos.

Comenzó diciendo_  Me gustaría que hiciéramos un trabajo juntos, veras tengo que reorganizar estas  anotaciones antiguas, ¿te importaría echarme una mano?_
_Como no _ conteste.
_ Veras la idea, es que las coloquemos por fechas, aunque no tengan relación, después comenzaremos de nuevo y las  colocaremos  en relación con lo que está escrito en ellas…_ No había terminado su frase cuando lo interrumpí.
_ ¿Y por qué no empezar colocándolas según  lo que ponga en las notas?,  así nos arromas el primer paso. _Pregunte.
_ No._ contesto tajante.
_Bien empecemos, toma la primera.  Si no te importa lee en alto._ Añadió tendiéndome la primera de las hojas escritas a mano.

A primera vista me llamo la atención la escritura, el conjunto  de todo el escrito se veía muy sucio, con importantes saltos y  distancias desiguales entre líneas, la letra era legible pero inestable en su fuerza y forma.

_ ¿Es tu letra?_ Pregunte con cautela  para no herir sus sentimientos.
_No, es de un amigo._ Contesto._ Puedes comenzar a leer, por favor._ Dijo  sin dejar  sitio a ninguna replica.

Leí en voz alta.
_Y donde la mano cabe se hizo la herida. Y el ladrón robo a su propio progenitor.
 Que entra el perdón y en el corazón confuso se hizo la oscuridad y en las razones temerosas no se asombra la verdad por no entrar.  No saberse en ella,  es la desilusión del que sueña._

Levante mi mirada hacia Ihan  interrogante,  asiéndome  el mentón en posición pensante.
_ ¿Que se supone que es esto?_ Dije.
Con una mueca hastía respondió, _No lo sé,  por la misma razón pensé que quizás tú podrías ayudarme._
Supongo que mi cara de cero, no dejo lugar a la mínima colaboración por mi parte, y por ese motivo, retiro los papeles de mi mano sin darme ninguna opción más para continuar con la tarea.

Me disculpe en vano, pues el ya se había levantado  y había dejado  todos los papeles en la estantería,  en un abrir y cerrar de ojos.  Acto seguido ya  estaba a otros menesteres en los que disimuladamente me hacia el vacio  e ignoraba mi presencia.  Pienso que para calmar su frustración. No negare que el asalto de su carácter,  el cual   no se molesto en esconder, me abrumo e hizo que me sintiera incomoda. No sabía que decir  o en que entretener  mis manos nerviosas, comencé a mordisquearme las uñas  mientras miraba al suelo.

Entonces él se disculpo  diciendo._ Perdona no consigo controlar mi genio, en fin será mejor que caliente algo para cenar.  Si te interesa… tienes algunas revistas en esa librería._

No pronuncie palabra, tan solo afirme con  un escaso  movimiento  de  cabeza. Fiel a mis emociones,  no me vi en la necesidad de fingir.  Le retire la mirada reafirmando mi manera de protestar ante su comportamiento.




jueves, diciembre 27

Dijins Di 27




Se desencajaba  obstinado  en hacerme ver o comprender, no sé qué cosas.  No lo sé. Teorías  que yo, no alcanzaba discernir. Pero él,  se poso  en una postura pelliza, para enfrentarse contra lo  inaudito de la  triste tesis irreal que  perseguía  a mi sombra. Regalaba bajo mi asombro un montón de conjeturas disparatadas,  y  yo.  No cabía en tal aturdimiento  al verle.  Presa  a él,  y a mí misma.  De este sueño  desligado de verdades o tremendamente absurdo y absoluto. De temperamentos  opuestos eternamente adversarios.


La maldita pena, era. No fraguar en esas condiciones día tras día.  Ya que así, disipaba los malos entendidos, que se escuchan, que se acusaban,  acusándose a sí mismos. Malos entendidos,  perdidos  en mentes perturbadas, mentes insanas,  incansables, con sus malos juicios y llenas de ocio mal logro. Las que conocí.


 Por ende, que no cabían en la mía.  Ahora, ya no. Y  no  importa, no importo yo,  ni a quien le estremezca, me sienta bien o me sienta mal. Al igual que toda loza acaba por romperse. Mi pena se deshizo al conocerle.  Y  aquel día dejo de resbalar,  deslizándose en tonterías de rutinas monótonas.  En las que, para mi pesar  los demás seres  vivían, que si un pájaro, que si una flor, que si el tiempo, que sí que sí. Sí, todo menos el propio yo.  Un yo que invade a todos menos a los que se esconden de sí mismos.  Un yo tan leve pero  inquieto  que  se supo transformar hospedado en un cuerpo.  


¿Acaso, tan alejada me encontraba de la realidad, que no podía ver lo que me unía a ese hombre?.  La merced de pasear a su lado, enloquecí.  Lo mire caminar  a mi lado, y continué.
Componiendo conjeturas  me deje pensar, y dejándole  a él  que  restaurara mi mente.  ¿Decía más bien, lo que le venía en gana  o vivía carente  de  miedo?,   ¿Sería  Inconsciente  de herirme?,  de tocar mi vida, de trastocar mis miedos, para enseñarme nuevamente  a sentir.  Pero yo lo vi, Lo creí allí. Con la intención de insinuarse, en  la  locura del  amor  tardío.


 Me invito a relajarme admirando el paisaje. Desprendiendo entusiasmo en todo lo que a nuestro encuentro nos vino.  Hasta que llegamos a dos caminos.Se paró erguido en el sitio. Agarrándome del brazo, despertó sus instintos y motivo a los míos.

_Mira _ señalo.
_Estamos entre dos caminos, ¿Cuál de los dos patearías tú?_ Pregunto sonriendo con las pupilas bailando en destellos. Lo mire sorprendida, encogida.


Con un breve reflejo y en seco,  le preste  atención. No solo sus palabras escuche, también la complicidad de sus gestos. Mire a mí alrededor,  al entorno salvaje  que me embullo en silencio.  Haciéndome  notar  la clave de aquella situación  y  me conmovió.  Contemple la bifurcación.  A los ojos  y a  la vista se presento  el paisaje,  con una  pregunta. En un segundo mirando hacia el centro, entre los dos caminos, sentí.  Si quizás estuviera muerta  o si estuviera extraviada en las fauces de un sueño eterno, que desmembraba mi alma.  Sé que  Jamás lo hubiera percibido de esa forma,  si la compañía no hubiera sido la de  Ihan.


Pues,  contemplar aquellos caminos me hizo entender,  que había vivido sola.   Totalmente sola  toda mi vida,  me sentí pequeña y desnuda.  Llore con rabia.   Por  la esencia,  por todos y cada uno de los  retajos de mi vida.  Destruidos.   Que se fueron al traste   a perderse  en el tiempo, y  que  ahora ya no  los sentía  perdidos.  Retajos románticos o efímeros,  percusiones de instrumentos que mecían las horas,  que pasaban tenaces  arrebatándome  el don de un ser contenido.  Con conocimiento  me volví animal.

Presumo ahora,  que lo vi como  a un ángel  y  en aquel  instante supe y  ame hasta lo más hondo a un hombre que no conocía y sin embargo añoraba. El enigma de saberle mío, destrozaba…  
De aquella manera y con las  garras de aves rapaces, desgarraba  la presa. Sentía tal.  Desarmada   a su hechizo  y olvidada de quien  fui, mi sino se prestaba ante mí.  No de la manera que lo hubiese imaginado, ni la que hubiese querido, no era  un genio, era dulce.  No suave, era abrupto como  paraje sin hierba, pero bello.  Atractivo, como la verdad escondida sin fantasía y aunque duela…


 Insistente, insistió  en no concebir otra inquietud que no fuese la cierta. Ahora siento quien  soy.  Naufrago en la niebla, vagabundo en la pena  y  vagare en ella  mientras viva, para sucumbir a sus manos firmes y  doloridas. Errare  en la angustia, de haber perdido el rumbo que ampare,  frágiles pétalos  pendiendo de un hilo. En tu  mismo aplomo pero lejos.  Emprendí  mi viaje y escupiré a los vientos,  despertándolo todo.  Atando  esa   fuerza,  que contiene y contenga   la caja de Pandora.  Y a la caja,  Implorando  que excite  a premura, que evite el dolor, que no censure  y que no pueda ser otra que una verdad tan intensa como la que él me regalo. Y fui, un poco más consciente de lo que habitaba  alrededor.





miércoles, noviembre 28

Dijins Di 26



Cuando la visión de  Ihan volvió a hacer  caprichos a mis ojos.  Viéndolo allí, delante del  umbral de la puerta. Se burlaron las siguientes palabras de mi boca.

_Me siento como un vulgar peregrino, que camina descalzo y debe rendirse en perdón ante las puertas del templo de un  Dios, para que espiren todos mis males  y los que he asestado._



Me encontraba a mi misma, despejando algunas dudas, mientras incurría en otras más profundas. ¿De dónde emergía lo que pensaba?, ¿cuál era la fuente de inspiración?,  donde se recreaban, esas palabras que ahora  se desahogaban  y escapaban  impulsadas sin ningún control de cordura.

Con mas  temor del  que cabía contener en mi actual situación, revolviéndome en mis adentros en una explosión, que asomaba  ruborizando mis mejillas,  por la  obligada  resignación a admitir delante de Ihan  que caminaba a ciegas dentro de  lagunas secas de recuerdos,  que  se escapaban  de antemano a mi entender.

El permaneció en silencio y fue ese mismo silencio hiriente,  que  provocándome, estiraba de mi, y hacia brotar  lo que dormía  guardado a la lucidez.


_Creo que tú, eres la mancha marrón que he estado persiguiendo._  Para mi sorpresa. Ihan, escuchaba  mudo,  asintiendo en un solo gesto. Reafirmando lo que yo acababa de decir. Con toda y  total rotundidad. Con  naturalidad, despreocupado, dejo escapar  un brillo fugaz en su mirada, insinuándome a  aquel que  estuviera contemplando  el dorado  atardecer del amor.  Lo que me hizo comprender que entonces era él, el que desprendía tal insumisa  impregnación que me  hacía sentirme desconocida.


Cerrada en  un sí. Me convencí  para serenarme.  Ihan se acerco a la alacena donde  momentos antes había colocado todos los papeles.  Revolvió entre ellos,  parecía buscar  uno en concreto. Era evidente que quería enseñarme algo,  sus ademanes me tranquilizaban, nada era brusco en él.  Mientras  Ihan  llevaba a cabo la tarea que  entretenía ese segundo en nuestras vidas. Yo buscaba su mirada. Suspire,  aligerando el cansancio. Notando como esa  presión se perdía en el espacio que definían las cuatro paredes de la sala. Permanecí  callada, solo satisfaciendo la necesidad de observarle, sintiéndome afín  con esa casa y con él, pero  sin saber porqué.

Se acerco a mí, tendiéndome  una hoja para que la leyera, arrastro la silla que anteriormente había ocupado y se coloco cercano, muy cercano a mí. Pude percibir su olor. Flotaron  de nuevo las emociones dormidas,  que insistían en inquietar  mi serenidad. Todas las sensaciones que percibía  se resumían  en solo una. Conclusión que retenía negándomela.

_Todo se ira esclareciendo  según pasen los días, ya verás como lograras recordar._ Dijo Ihan.
_ ¿Qué tiene que ver todo esto con quién soy?_ No entendía nada  lo que quería decirme.
Sin embargo leí resignada. Era una carta escrita a máquina.




                                                                      
                                                                       La carta

Para Leienel.

Perlas mundanas que desparraman su esplendor,  en los espejos que ahora te miran.
Has de saber que pertenecen al siniestro  corcel que te lleva.
Disimulando  la estupidez de esa sin razón  que solo tu  entiendes en su trotar, y que te arrastra a permanecer perdida.
 No son tan puras como parecen, las razones que te dieran.
Ególatras y altivas, se muestran al mundo fingiendo que todo lo tienen, que lo saben bien.
Hadas y duendes, de sombras robadas  en las bastas llanuras de otras  almas.
Que acrecientan mi dolor, tu dolor. Pido y ruego, no todo se olvide o se pierda.
  A la vista del fuego, oteador asistente, del eclipse que  forma un todo en ti, yo estaré siempre.
 Aunque  me  dejas  desplazado y testigo en el  desnivel  de realidades que nos separan, pero no consigue alejarme.  No  hoy, no  mañana.
  Inventare miles de escapes ante los  deslices del destino. Permaneceré despierto velando para que encuentres el camino que te lleve otra vez a mí. Porque no  puedo vivir sintiendo que se pierde tu luz y tú brillo. Siendo esta,  conditio sine qua non para que yo viva y  que  solo a mi me pertenece.


martes, noviembre 27

Dijins Di 25





El desconocido que se encontraba sentado a mi par. Comenzó  haciéndome saber  su nombre, Ihan… se llamaba Ihan. Cuando lo pronuncio, un escalofrío recorrió mi cuerpo  y él lo noto.  Mis ojos, en demasía abiertos,  solo adelantaban lo que acontecería. Ignorante de mi, inútil en el intento  de  disimular el precoz escozor  en mi piel, debido al nerviosismo mezclado con el yo que sé, que sentía en su compañía, no hizo más que afinar su puntería dejándome al descubierto y con mis puntos vulnerables, débiles y expuestos ante aquel desconocido.  Cómo espectadora traviesa baje la mirada concentrándola en la taza de café, mojando una pasta de almendras, le inste a que comenzara  a explicarse.  Se presumió  irritante y fuera de lugar, la escena  que demostraba mis malos modos evasivos, pero  a él, no pareció incomodarle para nada.  Cosa que a mí, me  alivio. Al contrario, todo recabo en la suma, de  hurtarle inconscientemente  una sonrisa. Con  mueca gentil y amigable me  observo, de arriba abajo. Se reafirmo en su asiento y comenzó a relatarme el encuentro misterioso que nos había juntado y que yo había olvidado por motivo de algún lapsus  temporal de amnesia, culpado y adueñado de mí.

_Te encontré   tirada  en una de las  praderas  altas, situada a la falda de la esa montaña que se ve  desde la ventana._  Indico señalando la ventana. _Al principio me asuste, pensé que estabas muerta, tu cuerpo estaba totalmente helado, yacías moribunda  en la nieve, tan blanca y fría como ella. Todavía no me he repuesto del todo del susto y por supuesto no logro explicarme  que hacías allí, sin apenas  llevar abrigo. Creo, o mejor dicho. Sé… que fue cuestión de minutos  y designios favorables del destino, el que te encontrara con vida._ mantuvo mi mirada  afirmando.

_Tuviste mucha suerte  de que pasara por allí, a estas alturas del invierno, no me gusta  aventurarme a la intemperie, porque en estas altitudes el tiempo cambia en cuestión de segundos, los vientos que se forman en este embudo o pasillo de montaña,  como lo llaman algunos montañeros. Son peligrosamente   gélidos y  te pueden coger desprevenido, cerrándose en nieblas densas  y formando  borrascas  mortales, que hacen casi imposible  resistir a la intemperie.  Además de los peligros que entrañan esos  cambios climáticos,  también hay lobos  y aunque no son muy comunes los avistamientos en zonas despejadas de arboles, a estas alturas del invierno  han perdido el miedo a los seres humanos, debido a la escasez de alimentos en la alta montaña, en esta estación._

Interrumpiendo  lo que  contaba, le pregunte.
_ ¿Dónde estamos?_
_  Estamos en uno de los valles más bellos del mundo,  a la sombra de tres picosque es como se llama  la montaña más alta y la  que  preside esta cordillera rocosa,  que se extiende a lo largo de menos de la mitad de la franja norte, creo que serán unos cuatrocientos kilómetros aproximados de rocosas  montañas  a una cotas de 3200 a  3800  metros sobre el nivel del mar, imagino que comprendas ahora de mejor manera, porque no puedo salir de mi asombro._ entonces guardo silencio, fijándose otra vez en mi rostro.




Creo que  se dio cuenta  de que  la empatía se hizo hueco entre los dos, con ese mismo asombro y con mi boca medio abierta mientras lo miraba, no se me ocurrió nada que decir. Pero Ihan rompió con habilidad el silencio incomodo que precedía a las sensaciones que intercambiamos en aquel momento. Diciendo entre  una sonrisa tímida. _ ¿Sabes?, allí tirada en la nieve… cuando te vi, en un primer instante y por muy efímero que fuera. Sentí, que te conocía. Fue…  Bueno, Como ya te he dicho estas son tierras extrañas._ Se levanto y comenzó a recoger los restos del  almuerzo.

Lo seguí con la mirada, mientras se perdía en pasillo que imaginé  acabaría en la cocina, ¿Donde  sino?  Con los ruidos de fondo de la loza, que parecía estar limpiando, intente concentrarme en lo que me había relatado y rebuscaba inútilmente información en los acelerados y desordenados pensamientos que me iban llegando.

Detrás de su relato, empecé a contemplar la idea, de encontrarme en un oasis aislado en el centro de mi mundo interior, que se estaba descomponiendo a pedazos y me asusto esa misma idea, delirante, de haber  perpetuado mi existencia en la locura.  Como una estación invernal  sin fin, ni  solución.  Me vi conmovida por el frio de la certeza, del miedo, incluso de mi propia muerte. ¿Quién era yo? Me repetía una y otra vez sin posibilidad de refrenar ese daño.

Algo desestructurado que alcanzaba fondo y pie, como una masa pesada oprimiendo  mis sentidos. Dejándome inmóvil  sobre aquel insulso taburete y coaccionando sobre  la única forma de pensar que había conocido hasta aquel mismo momento. Haciéndome entender con ese empuje que desolaba toda la compleja existencia en la que confundida había creído.

Dijins Di 24 El encuentro, y la locura.

lunes, noviembre 26

Dijins Di 24

                                                                                Capitulo 2



Desperté aturdida  y me tomo unos  larguísimos segundos recuperar el control  de mis sentidos,  sobre todo  el  de  la vista. Mi cabeza parecía que iba a reventar. Por momentos el dolor era más intenso y después descendía, pero se quedaba en un grado  satírico e  insoportable.

A tientas y con miedo, con movimientos muy lentos,  fui acostumbrando mis ojos a la luz que irradiaba la  leña, que ardía en  una  chimenea  de piedras aristadas. Encima de la losa superior que embellecía la singular e inviolable  estructura,  pude observar,  un candil deteriorado  que hacía a su vez, de soporte a lo que parecía ser una lamina antigua. La cual  dibujaba en sus formas  un paisaje impreso en pergamino.   No tenía  idea de  donde me encontraba  y  el entorno no me resultaba familiar.


Una destartalada y envejecida  estantería de madera, fue la primera pieza que  apreso  mi atención cuando por fin pude enfocar la vista.  La imagen, entrañaba miles de enigmas, que con palabras escritas y estructuradas en los sueños, si cabe.  la  llenaban  de libros y  que a duras penas  resistía ese  pesado  testamento, que infinidad de escritores cedieron  a lo largo del tiempo  en sus hojas,  ahora amarillentas,  por el mohín  mostrenco,  permanente en aquella  chimenea y el humo que a través de los años había estado escupiendo.  Palabras que ahora presidian y se apoderaban del mayor espacio en aquella pequeña sala. O al menos esa fue la sensación que me devolvió. De cualquier modo, me conforto  de alguna  misteriosa   manera,  alejando y consumiendo  el  dolor de cabeza.

 El conjunto de muebles era de estilo más bien rustico, creando un retrato armonioso a pesar de la aglomeración que se notaba.  Había una mesa  pintada con  patina en color azul  turquesa. Depositada  de cualquier manera,  debajo de una ventana de cristales cuarteados,  con una vidriera de vivos  colores  en su centro y que  representaba  un sol o algo que se le parecía. Encima de la mesa  se veía desplaza por varios libros y objetos,  una lámpara de hierro que  ignorándolo, adornaba  su esbelta delicadeza, la cual  no se antojaba  desgastada para nada, en el espectro añejo  que parecía tener.


Eso, era lo que se podía ver desde mi posición en  el  cómodo sofá. El mismo que  al parecer  había  contenido mi descanso. Cálidamente arropada  por mantas  que olían a flan  de café  y vainilla. Sin destaparme  las piernas, para no perder el calor aromatizado que me envolvía,  Incorpore mi cuerpo y mire por encima del respaldo, apreciando a la vez, la suavidad del sofá  mientras lo acariciaba y el color verde esmeralda  con matices azul Prusia,  que se entreveía al  deslizar  la mano  por su piel aterciopelada.

Intuitivamente fije la mirada en un  ángel de plata, depositado en un pequeño  altillo, que estaba  encima del marco de  la puerta, que daba paso a una entrada. No era  una figura de gran tamaño,  pero de inmediato  robo mi ensoñación, sobresaltándome. Lo mire  pensativa, no conseguía saber cuál era la razón que me atraía. Mientras lo miraba se interpuso a mi voluntad y a la realidad.   La  anomalía de otra visión parpadeante.   Un rostro plateado  acercándose a gran velocidad  y envuelto en haces de luz,  que emergían conformándolo y sustrayéndolo del oscuro mosaico.   Se represento en mi mente sembrandome de terror y así de aquella, se hizo conmigo  apoderándose  en un breve instante del cálido confort en el que me había despertado. La visualización  desapareció casi de inmediato, para sostenerme nuevamente en la realidad. Sin embargo la fuerza con la que se había implantado esa imagen me hizo recordar… recordar, algo que  percibía borroso pero  intenso,  muy familiar, como un episodio repetido y vivido en un tiempo  infinito, innumerables  veces. Así  lo percibí.

Me levante  con brusquedad,  al mismo tiempo que un hombre irrumpía en la sala. Llevaba una bandeja entre  las manos,  rebosante de pastas, pan y  dos tazas.  Despejo otra  mesa  abarrotada  de folios y cajas y depositándolos en  una alacena próxima,  que a su vez ya se hallaba repleta.

 Atónita, contemple  la agilidad y destreza con la que aquel desconocido,  depositaba  la bandeja sobre la   superficie de la mesa con una mano,  mientras  que con la otra,  retiraba lo que estorbaba.  Sin mirarme y atendiendo lo que hacía, dijo con voz pausada.

_Por fin te has despertado. Supuse  que te apetecería tomar algo caliente mientras me cuentas como  te encuentras._  levanto brevemente la mirada, examinando mi perplejidad sin gesticular ni mediar ninguna palabra mas, tan solo asumiendo mi confusión. Se irguió y en un ligero movimiento que casi no entendí, se dispuso a sentarse en una silla invitándome a acompañarle en el pequeño taburete  redondo, que se encontraba a su lado.

Recoloque  una de  las mantas sobre  mis hombros, con cuidado de no pisar las puntas arrastradas  por el suelo.  Según daba el primer paso, le pregunte.

_ ¿Quién es usted?, ¿Como he llegado hasta aquí?... _ acaricie mi cara escondiendo las dudas bajo la palma de mi mano inquieta, a la par que me sentaba. Me notaba exhausta y extremadamente agotada y mi mente permanecía en blanco,  no recordaba absolutamente nada.