Agradecimientos.

Escribir un libro era una promesa que le hice a una persona cuando éramos niñas. Hoy puedo decir, que a pesar de las muchas dificultades que he tenido para realizar este proyecto imperfecto, mi promesa pasa a ser una meta cumplida. En aquel entonces no hubiera podido imaginar, que lo haría a través de la red. Esto no hubiera sido posible sin todas vuestras visitas, por eso, las dedicaciones se refieren a todos y cada uno de los que a lo largo de estos años, me hicisteis sentir más acompañada en mi soledad. Profundas gracias a los ojos que me leen hoy, ayer y siempre.

jueves, septiembre 6

Dijins Di. 20.





La mañana se paso sin darnos cuenta y verdaderamente la inspección a la sala de calderas, no  nos mostro nada extraño ni fuera de lugar, todo aparecía en buen estado, con más preguntas  que respuestas  y terminada la comida,  cada cual, organizo tareas para ocupar la tarde, el tiempo en la gran casona parecía no transcurrir, pero la quietud nos volvía distantes  por esa razón necesitaba resolver algunos puntos, antes de enfrentarme  a un nuevo careo con Di, al  que en las últimas horas habíamos decidido no dejarlo a solas ni un solo momento.


Buscaba a ciegas entre las cintas apiladas en la estantería,  alguna, que lograra esclarecer mis dudas,  confirmar  que  habíamos sido inducidos a  una sugestión en  grupo y tenía la sospecha de que, de alguna manera los videos que nos  habían enviado  tendrían que advertirnos de la capacidad que el paciente  poseía.  En ese momento dudaba , No sabía cuál podía elegir, miraba los letreros inscritos en el borde lateral de cada cinta  y ningún rotulo, me daba el gusto para saciar la pregunta que estaba mascullando,  la más distante de mi, sin que yo la tocara, cayó al suelo  como zafada por una  mano invisible,  en un primer lugar pretendí ignorarla, sin embargo  vino a mi mente el recuerdo de una vieja  amiga  que era aficionada  a leer las cartas del tarot, insistía en  decir  que las cartas que se caen por descuido cuando lanzas la  pregunta  y mientras están siendo barajadas,  son las más importantes y certeras en una lectura.


 Ese recuerdo me obligo a salir de dudas y rescatar la cinta del hueco donde la había vuelto a colocar. Encendí y accione el play.  Como casi en  todas las demás  cintas, Di comenzaba recitando otro episodio, otro relato de sus vivencias, entrelazando palabras con locuaz coherencia. Su habilidad nata de la que hacía uso para  describir cualquier insignificancia, objeto o sentimiento,  transformándolo  a los ojos  y oídos de su interlocutor,  en algo inalcanzable e hipnótico.  La sensación que  dejaba  en mi, era  la de un  buen orador  y cabía señalar  que era peligroso. Me dispuse a escuchar…


 No es sencillo, No. No es nada fácil, descubrirse a uno mismo  en la sombra  proyectada  a capricho de la luz, ese haz de luz tímida y delicada que pretende traspasar una hoja seca. Entender que no cabe mayor dolor en la existencia de una vida, sea  cual sea  su naturaleza pensante,  adquiriendo una verdadera verdad, que aunque absurda era la única  que citaba tal dolor, que no cavia mas verdad que cuando el amor se mezcla con tal crueldad. No es amor, sino maldad.


Las arrugas que surcan mi rostro, no son más que las huellas que dejo tal brutal perla, llena de imperfección,  para ser perfecta. Comprimida y conjugada en una hermosura ancestral y simple, para nada enlutada, llena de una sabiduría natural, con la que araño mi entidad haciéndome anhelar y darme cuenta de que yo carecía de alma.


No sé, si llamar conciencia a algo que no comprendo. Ni tan siquiera hoy, después de tanto tiempo, pero  sí puedo afirmar que me hundió en tal  desesperación  la incógnita de no comprender su naturaleza libre, fuerte, salvaje, tan firme en sus conclusiones,  que parecía tener la llave del conocimiento, esa, que es tan extraña que hace que el ser inocente y puro alcance sus metas,  deslumbre y brille a pesar de una apariencia nublada.


Consiento en que no comprendáis mis palabras y conspiro para que así sea…


Estas últimas palabras fueron precedidas  y silenciadas por un gesto brusco que revolvió su cuerpo en la silla. A partir de ese segundo la imagen del video se veía distorsionada y cortada,  se oían  ruidos  que no  eran  claros y no se podían interpretar con claridad, durante unos larguísimos  veinte  minutos  de audio,  la imagen  era un caos de  rallas y puntos  que cruzaban la pantalla  ofuscando la visión y  concluía  en  distorsiones  muy molestas a baja y alta frecuencia, para mi sorpresa  se pudo rescatar con total nitidez los últimos segundos de la cinta.   


 …me veo en la obligación de advertiros que vuestras vidas corren peligro.


martes, junio 19

Dijins Di 19.



Las  primeras luces del día, se colaban por las contraventanas, dándome directamente en los ojos, a pesar de que me encontraba cómodamente acogida y cobijada entre las sabanas, los rayos  del sol, ya no tan tímidos,  me molestaban hasta acabar espabilándome. El viento  había azotado con fuerza  en el transcurso de  la noche,  haciendo que una de las  dos hojas de madera, se saliera de las viejas  y oxidadas bisagras que las amarraban. 

A las nueve de la  mañana, lucía un sol radiante  en lo alto del cielo azul, aunque   no calentaría demasiado el paraje helado.  Me levante con energía, dirigí mis pasos hacia la ventana desde la cual se escuchaba a alguien cortando leña.  El ruido de los troncos rebotaba contra el suelo de cemento y repiqueteaba, formando un  eco, que acababa  generando   sonidos  a modo de campanas que me retornaron  a mi infancia. Me llene y sentí, de  una antigua emoción, pero la sensación desapareció rápidamente  al comprender donde me encontraba.

 María era la que recogía y apilaba los troncos en la carretilla de una rueda, mientras Aron los iba cortando. El hacha que asía de sus manos me pareció demasiado grande y pesada, dada la forma en que la sostenía.  Tampoco se le veía demasiado diestro, para la tarea que le habían encomendado y que imaginaba quien  se la había asignado, Seguramente Alberto.

Al girarme  comprobé que la  cama de Petrus estaba vacía. Sola en la habitación me dispuse a tomar una ducha. Sabía que  ya llegaba tarde al puesto de trabajo, mas  no me tome ninguna molestia en darme prisa.
Mientras me bestia, iba repasando mentalmente  los sucesos del día anterior, tenía la necesidad de analizar  y comprobar minuciosamente cada detalle, después compararía mi versión con la de los otros miembros  del equipo, Todo esto lo haría antes de volver a encontrarme con Di.

Lo primero que hice al bajar las escaleras  fue dirigirme al salón para comprobar si quedaba café, de un solo vistazo me percate  que todos los miembros de la casa  ya habían desayunado. Sus tazas  se veían desparramadas por toda la mesa. Sin escrúpulos,  elegí una cualquiera,  sin importarme que labios habían reposado en su borde con anterioridad. Vertí los restos que quedaban en ella en las cenizas apagadas de la chimenea, y la llene con el  oscuro liquido. Con la taza  en mis manos me encamine hacia el exterior, lo primero seria revisar la sala de calderas, verificaría  el estado de los cuadros eléctricos y de esta manera  llegar a saber el motivo del apagón.

En mi camino me cruce con María y Aron que interrumpieron su trabajo para darme los buenos días. Al ver que no detenía mis pasos María dejo caer los troncos en la carretilla y me siguió, Aron dejó el hacha  con sumo cuidado en el suelo y se sentó  a descansar.

_ Te acompaño, ¿Dónde vamos?_ Dijo María poniéndose a mi altura.
_A la sala de calderas, quiero  comprobar el estado de los cuadros eléctricos_ conteste sin detenerme.

La sala de calderas  se encontraba en el jardín a escasos metros del edificio principal, era una pequeña construcción  con una sola puerta  en la que había aparejos para el jardín  y diversos utensilios que se veían descuidados, todos ellos apilados de mala manera contra una de sus paredes, el suelo estaba cubierto de hojas secas y polvo.  




  

martes, junio 12

Dijins Di. 18.


Nos encontrábamos en el primer piso, los tres delante de  la puerta que demorábamos  abrir, con  sutil cobardía.

Las últimas fuerzas que sujetaban mi cuerpo  y la compostura, se desataron en un suspiro de alivio, que esboce  al comprobar que todos, se encontraban en perfecto estado. Todo este tiempo habían permanecido entretenidos y  enredados en sus quehaceres, impasibles ante lo que se acababa de acontecer.  Nos miraron interrogantes.

 Imagino que el espectáculo  que representábamos  era  absurdamente grotesco e indefinible. Por la expresión de sus rostros, supe y comprobé con alivio, que ellos no habían sido espectadores al igual que nosotros,  del fenómeno que acabábamos de presenciar en el piso inferior.   Surgió una duda tan gigantesca,  que mi pregunta reboto en todas las paredes del gran espacio cuadrado y vacio de muebles _ ¿No  habéis oído los gritos?_.  La evidencia, constataba que no.

Relatamos, lo que había pasado en la planta baja, a  las cinco personas que  cerraban el círculo de nuestro equipo. No interrumpieron  el relato hasta escuchar la última palabra del mismo, la narración les pareció tan fantástica e increíble, que  le restaron importancia aludiendo a ilusiones auditivas,   por la inmensidad del edificio y la carencia de mobiliario. Rebatimos la postura  incrédula,  en la que  asentaban  todas las hipótesis que no acababan a  convencernos y  explicar  el fenómeno que habíamos vivido. Tras debatir largas horas y ya entrados en la madrugada del primer viernes que pasábamos allí,  decidimos descansa, no sin antes  verificar,  que los lectores  de movimiento  de la sala donde instalamos a Di, se encontraban en perfecto estado y  la lectura era correcta. No había habido movimiento alguno en el transcurso de toda la tarde.  Esta  última información, sosegó, un poco nuestros ánimos.  Estábamos seguros de  que a la mañana siguiente todo lo percibiríamos de otra manera y con más claridad, posiblemente con la luz del día nuestra perspectiva de las cosas seria otra.

Compartíamos una habitación para cada dos miembros del equipo.  Petrus,  era  mi compañero de cuarto, un ex cura de  cuarenta y tres años,  al que, en su  adolescencia  habían  expulsado del centro donde preparaba sus votos,  por frecuentar con malas compañías  y ser asiduo al consumo de maría, costumbre que no había abandonado. Pese a esto, seguía obcecado en sus estudios.  Petrus era callado y calculador, nunca decía nada fuera de lugar y siempre parecía estar mascando  para sus adentros  nuevas formulas, para manipular a los más débiles del equipo,  que se rendían a su locuaz conocimiento y a su habilidad para captar la atención del grupo. En un principio, no alcance a entender el vínculo, que nos unía a este extraviado  gestor de la palabra divina.  Yo, no podía comprender cuál era el motivo  de que estuviera en el grupo. No puedo negar que su físico me resultaba atractivo, viéndolo allí, doblando su ropa y recolocando la maleta, observe disimuladamente desde mi cama, el contorno de su cuerpo, masculino y fuerte,  ni gordo ni delgado. Desprendía ese  magnetismo  calmado, del que solo pueden presumir  los que contienen en su interior, el conocimiento  de las cuestiones que abordan las incógnitas de la  vida. Entendí que eso era precisamente lo que nos cautivaba de él y que a su vez, a mí,  me acerco a la  tranquilidad. Apago la luz sin mediar palabra alguna conmigo.

lunes, junio 11

Dijins Di. 17.


Los ruidos que provenían de detrás de la puerta, eran cada vez más intensos. Un conjunto de sonidos antinaturales,  capturaban nuestra atención,  mostrando  esa parte oculta de la vida,  la puerta abierta a otra dimensión.  Estábamos siendo testigos involuntarios  y en primera persona, de algo que carecía de explicación.

 Una secuencia  de sonidos metálicos y anómalos,  arrastrándose por las paredes y el suelo del pasillo, a la vez  que  se oía, como si una jauría de llenas desmembrara  un cuerpo que jadeaba de dolor. También se escuchaban gritos humanos,  personas que estaban siendo torturadas.  Temí por el resto de los miembros del equipo,  que se encontraban  en el exterior. Busque interrogante y muda la mirada  de Aron y Alberto, pero estos  se mostraban tan expectantes y sorprendidos como yo.

La temperatura  cambio. Un zumbido irritante y  constante, emitido  a  baja frecuencia, origino que sangraran   mis oídos.  Comenzó  a hacer un calor insoportable, olía a azufre  y a compuestos orgánicos en estado de putrefacción, mezclados con un aroma dulzón que no pude definir. Todos estos síntomas  nos provocaban  ganas de vomitar, añadiendo  el  escozor que teníamos en los ojos, y que nos  impedía  mantenerlos abiertos.  Debilitados  estábamos totalmente indefensos, rendidos  a expensas de lo que pudiera acontecer.

Los  espasmos y temblores   que se apoderaron de Alberto,  dejaron  su cuerpo como una marioneta  adherida al suelo por los pies.  Amenazaba con  derrumbarse  en cualquier momento.  La agresividad de los  movimientos  que lo estaban agitando al antojo de un ente externo,  marcaban en zigzag, una estela luminosa que salía de él, para perderse  entre las sombras  extrañas que   se proyectaban   y reflectaban sobre los azulejos  de las paredes. Como si fuera un muñeco de trapo, al final se desplomo y fue arrastrado  con brusquedad, al otro lado de la cocina.  Aron, se agazapo en una esquina aterrorizado, fuera de sí, lloraba como un niño. Yo estaba a punto de desmayarme cuando se repuso la luz,  los efectos auditivos y sensitivos se desvanecieron  al instante.  El espectáculo  era caótico.

Nuestras caras estaban totalmente desfiguradas por el miedo y el dolor. Me deje caer en el suelo, en el centro de la cocina y comprobé  que esta se veía  cubierta de tierra, en la que se marcaban huellas de animales por toda la superficie del suelo, pero como si hubieran surgido allí mismo.  La llegada de la  luz nos dio tregua y nos fue devolviendo a la realidad en breves segundos.  Desde la ventana se oía el viento que jugueteaba y  removía  las ramas de los arboles con total normalidad.

El  hedor que momentos antes había sido insoportable, desapareció y el aire se transformo nuevamente respirable.  Abatidos moralmente, nos miramos  y comenzamos a levantarnos del suelo.  Alberto estaba agotado,  sin embargo  hizo un gran esfuerzo  y se aproximo  hacia mí, me tendió su mano, y yo, sentí  la necesidad de cobijarme en sus brazos y llorar.  Mientras él me calmaba y me consolaba,  Aron inspeccionaba la cocina con pasos cautelosos, pero ninguno de nosotros hizo  ademan de salir.  Confundidos, nos tomamos nuestro tiempo para reflexionar.  En el interior de la casona  reinaba el silencio.

 Pregunte en voz alta,  por los demás miembros del equipo.  Esa pregunta,  pareció devolvernos a la realidad.  Los tres a los  compases de similares movimientos, fijamos la mirada en  la puerta.  Tarde o temprano, tendríamos que salir para comprobar lo que había pasado con ellos. Haciendo acopio de valor, Alberto se dirigió hacia la salida y manteniendo nuestra mirada, abrió la puerta de la cocina. En el pasillo todo mantenía la normalidad. Nos dirigimos al piso superior…




domingo, junio 3

Dijins Di. 16.


Fuera hacia frío y estaba empezando a helar, pero eso no me detuvo,   camine unos pasos en dirección hacia los setos que adornaban la entrada del viejo caserón, el suelo  del camino no estaba asfaltado y estaba cubierto de  charcos que comenzaban a helarse.

Conseguí  abstraerme, rompiendo el proceso de congelación del agua, presionando con la puntera de mis botas, su sonido me tranquilizo, pero  a su vez ese mismo sonido   hizo que  reparara  en  el silencio abrumador  que rodeaba el valle. Valle  que ahora parecía dormido bajo un cielo blanco,  cubriéndolo  todo con una niebla que no dejaba ver el horizonte.




 La gran casona estaba ensamblada   en el centro de un entorno natural copado de vida, por eso  me pareció extraño que no se ollera ningún ruido animal, ni pájaros, ni perros, ni ramas de árboles batidas por el viento, era un silencio pesado, espeso, tan espeso como el espectáculo  de aquel paraje que  tenía delante de mí  y que se cerraba  en la caída de aquel  atardecer.

 No había  cogido abrigo  en mi precipitada carrera y era necesario que volviera al interior, al girarme,  el edificio se mostró menos  gélido aunque tuve que obligarme a mi misma a  desandar la corta distancia que me separaba de la entrada principal. Al mirar de nuevo  la puerta,  vi  salir a un par de colegas  que se apoyaban en la fachada mientras uno de ellos encendía un cigarrillo y disimuladamente miraban en mi dirección. Se trataba de Alberto  fuentes, apodado el ardilla   y el joven Aron.





El ardilla, era veterano  en la empresa y siempre se daba dotes de manda más  con todos los  nuevos que se incorporaban al grupo, mandato que solo le duraba los dos asaltos que se necesitan, para hacerse un hueco y darse a conocer a los demás  empleados. Era un tipo insoportable,  que creía  tener  una habilidad innata de seducción  y que siempre lucia unas corbatas horrorosas,  de las que presumía  otorgándoles más valor del que en realidad tenían.


Todo su mundo era glamur en demasía,  supongo que era un acto reflejo en modo de técnica defensiva y que  lo  alejaba  de la realidad  en la que vivía. Padre de cuatro hijos  y marido de una mujer con tendencias ludópatas  que,  consumía su sueldo  en la primera semana del mes. Ese y no otro, era el motivo que lo había llevado hasta allí. De Aron no sabía gran cosa, que acababa de terminar la carrera de psicólogo forense  y no conseguí explicarme como narices había acabado entre nosotros  sin tener un padrino, ni experiencia previa. 

   Su aspecto de corderito veinteañero e  inofensivo,  dejaba mucho que desear,    para mis adentros calculaba que  no tardaría mucho en darnos alguna sorpresita, lo que más me llamaba la atención del joven  Aron, era la  manera compulsiva que tenia  de plancharse la ropa  con las manos cuando hablaba con alguno de nosotros,  su exagerado nerviosismo  lo delataba ante mis ojos.


 Según cruzaba el quicio de la puerta tuvimos  un intercambio de  miradas hostiles y esquivas, al mismo tiempo y  al  instante que   un  grito  desgarrador  desde el  primer piso,  interrumpió la demostración despectiva que nos estábamos  regalando mutuamente  el  ardilla y yo. Los tres nos dirigimos  al piso superior,  alguien lloraba al final del corredor que  comunicaba con la despensa y con  una gigantesca cocina  por la que se accedía a las habitaciones  que en otro tiempo, debieron de pertenecer al servicio de la casa.

 Los llantos cesaron  de pronto, sin darnos tiempo a ubicar su procedencia exacta. Hicimos un reconocimiento de todas las estancias sin encontrar a nadie en ellas, volvieron a oírse los gritos  pero esta vez en el piso superior.  Aron,  iba   corriendo por el pasillo delante de mí  y el ardilla en tercer lugar,  cuando se fue la luz y tropezamos bruscamente uno con la espalda del otro.


 Una carcajada nerviosa y agitada,  ajena a nosotros,  recorrió  velozmente el espacio en el que nos encontrábamos.  Desde el techo pero en ese mismo pasillo.


Apoye mis manos contra la pared y el miedo  se apodero  de mi, padecía de fobia a la oscuridad desde la infancia, sabía que era un trauma mal  curado  y sin embargo no conseguía hacerle frente.  El miedo me bloqueaba  y no podía pensar con claridad. Paralizada como una estatua,  intentaba controlar  las palpitaciones que me acontecían,  precipitándome a un ataque de nervios  si no se reponía la energía eléctrica. A mi  lado sentía como se movían  mis dos compañeros,  escuchaba a Aron hablar, uno de los dos encendió un mechero de gasolina.

Yo, no podía gesticular palabra alguna, permanecía vinculada a la pared con los ojos cerrados  y exhalando  el aire de tal manera  que,  casi rozaba el  punto de reventarme los pulmones y el corazón parecía que se me iba a salir. Ardilla al verme así, me asesto un puñetazo en el hombro,  para desbloquearme  mientras insistía en que me tranquilizase. 


Bajo las sombras tenues, que se dibujaban  en el halo que proyectaba la frágil luz del mechero,  al final del prolongado pasillo, vimos una silueta que  se paró a media altura entre nosotros y la salida.  El mechero   resbaló de las manos de Alberto,  pero permaneció encendido  en el suelo,  modificando y alargando mas las sombras, alguien se acercaba  desde la boca del corredor. 

Llamamos por Raquel  o Mará,  que eran otras dos de las compañeras. Al ver que no respondían, alterados retrocedimos sobre nuestros pasos  y penetramos de nuevo en la cocina, de alguna manera de la que no fui consciente Aron, recupero el mechero del suelo  en un visto y no visto, gracias a ese gesto intuitivo  de él no nos quedamos de nuevo a oscuras. Aunque los tres sabíamos que el mechero dejaría en cualquier momento de alumbrarnos, cerramos la puerta tras nosotros  y el portador de la luz, deposito el mechero en la mesa de madera  que presidia la estancia.

martes, mayo 29

Dijins Di. 15.


A los diez  minutos, Di estaba totalmente sedado.  Desde el palco oculto por las paredes de cristal,  observamos cómo  tres celadores  lo tumbaban en una camilla, después maniataban sus extremidades y cabeza con las cinchas de cuero que  venían ensambladas  en la misma. Para trasladarlo a una habitación, en la que habíamos instalado  sensores de movimiento en la parte más elevada de todas las paredes del reducido habitáculo, incluyendo los marcos  empedrados de la puerta. 

En la habitación no había ningún mueble, ni utensilio o elementos que se pudieran utilizar o desplazar, a excepción de la camilla que transportaba a Di.  Las paredes estaban totalmente acolchadas  hasta una altura razonablemente segura, carecía de ventanas, solo la puerta  daba  acceso a su interior.


En el techo, un antiguo conducto de aire nos hacia el servicio de fumigación de gases narcotizantes, en caso necesario. Por la alta dosis subministrada a Di, permanecería dormido hasta altas horas de  la mañana siguiente. 

Mientras tanto, nosotros también descansaríamos dejando dos celadores de guardia.
 El edificio era frio en su diseño, una mole de piedra gris comprendida en tres pisos, que al parecer había sido un palacete en otros tiempos mucho más gloriosos. Contenía muchísimas habitaciones algo destartaladas por el abandono y el paso del tiempo. Estaba ubicado lejos de todo y bastante aislado,  anclado en el centro de  un valle  sombrío, donde el sol parecía no querer asomarse nunca. Toda esa sincronización de elementos minúsculos o grandes, visibles o imperceptibles, pero presentes,  estaban  haciendo mella en el estado de ánimo de los que allí estábamos trabajando. Repentinamente nos mostrábamos más hostiles, con cambios bruscos de humor y extremadamente cansados.


 Cuando nos congregaron meses atrás,  en la sala de conferencias del   psiquiátrico  donde trabajamos, para brindarnos la oportunidad, de estudiar un caso atípico de esquizofrenia con diagnósticos  múltiples, omitieron muchos matices y detalles, que entonces  a la dirección médica les debieron  parecer irrelevantes.


 In situ todo se advierte de otra forma,  para los ocho trabajadores, entre celadores y psicólogos elegidos para desempeñar  el laborioso trabajo de etiquetar el comportamiento de Di y evaluar un diagnostico definitivo. Ahora ya no se trataba de las rutinas monótonas que habíamos estado ejecutando, en el centro médico,  con enfermos  mentales, en un estado moderado en esos ámbitos, en labores digamos más sencillas, como administrar medicamentos, evaluaciones semanales con diagnósticos sencillos, acompañar a los enfermos  a participar de sus rutinas de aseo y demás.


En un principio se nos presento como un caso goloso, en el que  las practicas abrirían nuevos campos laborales  y  a nivel personal recopilaríamos mayor experiencia en el tratamiento a sujetos,  con déficit extremos y alterados de  personalidad. El sobre sueldo también era untuoso, un cincuenta por ciento más sobre el sueldo, con los pluses, de días festivos, nocturnos y guardias incluidas, pagándonos  dietas y traslados.


Los requisitos eran el aislamiento en el fin del mundo, durante un periodo no menor a tres meses. Las normas de conducta que debíamos seguir eran claras,  no podíamos abandonar el recinto a una distancia superior  de cien metros, permaneceríamos sin coche y sin comunicación con el exterior, una vez al mes, nos suministrarían alimentos y demás enseres que la dirección estableció  como necesarios. En un principio a  todos nos pareció sencillo y llevadero, después de leer y releer bien la documentación,  firmamos.


Una vez conformado el acuerdo con nuestros superiores, nos indicaron con escasas palabras, que el paciente y el expediente,  nos estarían esperando  a nuestra llegada al sanatorio que  habían reinventado. Recordaba todos estos pasos  desde mi llegada hasta el momento en el que me encontraba, fijando mi mirada en el infinito, pero un ligero y sutil movimiento me desconcentro e hizo que girara la cabeza hacia el monitor que se encontraba a mi espalda.


Una imagen congelada en la pantalla provoco  que me estremeciera, en un instante pareció cobrar vida y retornar a otra diferente de la imagen fijada, al parecer nadie se dio cuenta de ese detalle y opte por no decir nada, seguro que sería fruto de mi imaginación.



Abandoné  la estancia apretándome las manos contra el pecho y esperando a que el escalofrío que recorría mi cuerpo cesara, necesitaba respirar aire puro. Baje las escaleras del primer piso casi atropellando a una de mis compañeras, abrí la puerta del exterior mientras a lo lejos oía sus protestas. Salir a la calle fue como rejuvenecer, con cada bocanada de aire que respiraba, sentía como desaparecía  la opresión  que se adueñaba de mi en el interior del edificio.


lunes, mayo 21

Dijins Di. 14.


Empezó a llover  con fuerza y mi rabia escapaba, según se crecía la intensidad de  esa furia natural  que me limpiaba.  

Observe como algunos hombres  corrían  a refugiarse de algo tan inofensivo y  que solo los niños pueden  ver.  Quizás, esa fuera la razón del desprecio que sentía hacia los hombres  y mujeres,  hacia los mortales.  Su estupidez.

 Camine largo rato  sin sentir nada de frío  a  pesar de que mi ropa se encontraba  empapada. Pensé en mi pasado y a cada paso que daba, se acrecentaba más la añoranza que vivía, aunque sabía que esas eran sensaciones humanas, de alguna manera ahora me pertenecían y las saboreaba.   Comprendí, que  empezar a sentir cualquier emoción  era algo bello para mí.  Después de lo que yo, había sido. 

Todos somos el resultado de lo que heredamos y mi herencia siempre estuvo algo escasa en  esos placeres que los mortales no valoráis.
 
(Era la primera vez que  dirigía  su relato a los que estábamos presentes, como si de repente hubiera adquirido conciencia  de nuestra presencia, No levanto la cabeza, pero sí ejecuto un leve movimiento y  de soslayo  pareció dirigir su mirada hacia donde nos encontrábamos, él permanecía totalmente cegado por los focos  y desde su posición era prácticamente imposible ver los contornos de las paredes  y mucho menos el  cristal que permanecía disimulado por la oscuridad   y por esa razón,  era imposible que supiera cuantas personas estábamos en el habitáculo.

 El color de su piel había adquirido  una tonalidad extremadamente blanca, con tintes  azulados  y las venas se le transparentaban grisáceas, Tal vez y cito tal vez, no pude apreciar ese matiz con anterioridad.

Empezábamos a sentirnos agotados de estar allí  tanto tiempo encerrados. La forma  que tenia Di, de expresarse nos envolvía  y hacia que nos contagiáramos de su carisma.

 La decisión de sedarlo fue rápida y unánime, los  allí presentes nos mostramos de acuerdo.  Mi compañero con cara de alivio y sin pensarlo dos veces, presiono el botón que activaba la válvula  que proporcionaría la dosis exacta de tranquilizante.  Le administrábamos los sedantes   por una especie de conductos y tuberías plásticas que habíamos ideado  y que conducían hasta el gotero  inyectado en el hombro. Esa determinación se tomo calculando la peligrosidad que entrañaba aproximarse a Di.)







viernes, mayo 18

Dijins Di. 13.


Trotaba en aquel  torpe descender por las faldas de la montaña. Tenía mil arañazos por todo mi cuerpo, transformándose en razones nuevas que me reafirmaban como  ser humano, eran refrescantes sensaciones  ancladas  para establecer la determínante  posición de mi ente, ocupadas en llenar  mis ansias de vivir. 

Había perdido las botas y mis pies sangraban, el dolor era intenso pero no retrasaba mi determinación.  Mis ropajes se veían  sucios y harapientos,  olía a mil rayos y caballo muerto.

 No podía detenerme en la cabaña, ni tampoco claudicar de la necesidad guardada en aquel sentimiento, tan profundo  desgarrante y henchido  de estrellas bordadas en mi  alma, cobijadas todas ellas   y  ensambladas, se transparentaban  en las paredes de la cueva que había vislumbrado momentos antes.

 Con las manos vacías y despojadas de cualquier bien material,  recorrí los caminos hasta llegar a la ciudad.  Mi meta estaba en el hospital.  Lo primero que tenía que hacer era averiguar su nombre, no sabía muy bien como lo iba a lograr,  pero con una voluntad  indomable,  me entregue a   las puertas del santuario que tenia la clave y  el aliento que pendía sostenido por un hilo y que únicamente me acercaría a la idea de sentirme en paz.

La sensación brotaba y bullía como una emoción, que movía mis  pasos  dirigidos al mostrador, donde una mujer parecía trabajar pasando las horas entreteniéndose en una pantalla de ordenador. Fingía buscar no se qué cosa cuando interrumpí sus tareas… Sin pensar, expuse espontáneamente mi pregunta,  y relate los acontecimientos que tuvieron lugar la noche que ingresaron al hombre que les había entregado, resulto que el tiempo había pasado más veloz de lo que yo había pensado, se esfumaba un año  de mi reminiscencia, en la  que no sabía dónde me había perdido.

 La celadora  era una mujer de baja estatura,   regordeta,  visiblemente obsesionada con la  codicia de datos absurdos y entresijos de las costumbres y de  las actitudes de otros, evidentemente para descalificarlos y justificar así su razón de ser.  Cuando increpe en sus  incultas razones, no me sorprendió,  que sí recordara  el episodio. 

_Aquella noche estaba de guardia._ Relató el acontecimiento con un romanticismo exagerado, mal entendido  y distorsionado, tan solo por su capacidad de interpretar  la sublime obra de Shakespeare. Dando énfasis al egocentrismo de su intervención. 

Permanecí pasivo, como una estatua de mármol de la antigua Grecia,  expectante  y concentrado en  los datos  breves y  escasos  que iba dejando caer entre tanta  palabrería sin un ton ni son,  para acabar diciéndome que el ingresado, se llamaba Ihan , que vivía en otra provincia y  que no podía decirme nada más de  él.

Insistí haciéndome eco, de una ignorancia que no radicaba en mí, pero la pobre idiota dio más vuelo a su importante papel y se mostró como libro cerrado. La deje sumergirse de nuevo en su estúpida rutina, no sin antes trastocar los informes que venía recabando a lo largo del escaso trabajo que elaboraba durante la semana, queme los archivos de su ordenador, con el mero esfuerzo de pensarlo y me marche marcando una mueca sibilina en mi rostro, mientras a mis espaldas  comprobaba que había surtido efecto la pequeña maldad medida.

Fuera en el   exterior del recinto clínico, me percate por primera vez de mi ignorancia. Había pasado por alto un detalle  importante.  Esa mujer no había reparado en mi aspecto, nada en mí,  la había alarmado y eso no era algo común en los intercambios  con  los humanos a los que yo,  estaba más que habituado.

 Cruce la calle, sin respetar el bullicio de viandantes   que fluían  y se dispersaban,  indecisos  por la vía publica, busque algún  escaparate que  devolviera mi yo actual y al hallarlo, quede estupefacto  de la impregnación pragmática que desprendía mi imagen ante mí. El atractivo primitivo y salvaje  que radicaba  en la visión  que no supe analizar y que emanaba desde el cristal me dejo alocadamente perplejo.  Ya,  no era yo, no me reconocía,  y sin embargo  la imagen me transmitía amor.  Mis formas nuevas y nada perfectas componían una sintonía de hermanada hermosura, con la composición expresa de un cuerpo bañado en luz. De  tal delicadeza,  sublime y descompuesta tan solo por las sombras, que relajadamente se dejaban caer por la posición del sol y reflejaban armonía.



Alcance la belleza  que radicaba en el exuberante capricho y coqueteo de las formas  que contorsionaban  y perfilaban con  luz, en mi silueta prestada, fijada en el espejo.

jueves, mayo 17

Dijins Di. 12.





Necesitaba fundirme con la madera del tronco para ser invisible. Como un camaleón  me camufle y  me  fusione  con cada una de sus astillas.   En la parte inferior del mismo, había una hendidura en la que me introduje,  igual que un contorsionista  penetrando en el  centro del árbol cortado, ensamblando mis formas a las suyas, ralentice mi respiración, y confundí mi olor con la humedad que desprendía desde  su interior.

En pocos segundos, el silencio fue roto por pisadas  que alborotaban y rompían las  hojas secas que yacían en el suelo. Eran removidas  brusca y velozmente. Cada vez estaban  más cerca, advertí  varios animales, pude contar cinco. El olor a azufre y a podredumbre, trajo a mi memoria la imagen de los dips.  

Estos animales mitad perros, mitad lobos se pararon ansiosos en el lugar donde perdían mi pista. Oía como  rodeaban el árbol  caído donde me había escondido, a la vez que emitían gruñidos  coléricos. No podía verlos  pero  los  dips se mostraban inquietos,  de pronto se deshicieron en alaridos y aullidos de dolor como si alguien les ahuyentara y les lastimara.


 
 Note como se apartaban a poca distancia.  El aire se volvió pesado  y percibí  otra presencia, era la misma que los dominaba y manipulaba, oía sus respiraciones jadeantes y excitadas.  Un ruido ensordecedor,  metálico y  chirriante tapono mis oídos, algo  penetro en mi mente  apenas duro un segundo pero hizo que perdiera el sentido. Empecé a entrar en un sueño profundo, luche por  despertar mis sentidos de nuevo pero el sopor se apoderaba de mi.  En el sueño viaje a través del tiempo hacia una caverna en la que hacia frío, las paredes de piedra estaban totalmente heladas y sus tonos se mecían entre grises y azulados, el suelo estaba inundado de unas aguas transparentes en las que no se reflejaba mi imagen, pero sus reflejos me recordaban ciertos espacios  de mi pasado.  Era un lugar familiar, reconocía algo en aquella cueva, que  me confortaba, flotaba en su atmósfera como un invitado improvisado y a la vez como si perteneciera a ella.  Desde lo más profundo  de la gruta  volvió a surgir el grito ensordecedor. Se trataba de  algo vivo que  invadía aquel espacio, me sentí preso inmóvil e indefenso, sentí miedo.




Una sensación aterradora se apodero de mí.
Termine despertando con las prisas de la agonía que preceden a una pesadilla, una nueva locura guiaría mis pasos otra vez, haciendo más difícil retomar el camino que me había fijado, pero tenía la certeza, de que nada separaría mis pasos del enigmático hombre que había transformado mi existencia. Esa verdad me dio las fuerzas suficientes para salir del enclaustrado embotellamiento, en el que me había sumergido. Zafándome con alguna que otra dificultad del interior del tronco, para comprobar que en el exterior reinaba la paz y el bosque volvía a su rutina de sonidos y luz.

lunes, mayo 14

Dijins Di. 11.


Por  el  esfuerzo al que me expuse, subiendo a la montaña  y la larga caminata, debí de quedarme dormido en  la hierba  durante varias horas.  Mis fuerzas no se habían repuesto todavía.  Cuando desperté al amanecer   temblaba   y un escalofrió  me  recorrió  entero,  a la vez  que una visión se repetía una y otra vez  a modo de diapositivas intermitentes,  duraban apenas un segundo y eran consecutivas, sentía que me acechaba el peligro.  Algo se estaba gestando en la oscuridad, levante mi cuerpo del suelo  a duras penas y sobresaltado me dispuse a caminar lo más rápido que mis fuerzas  permitieran, mientras tanto obsesionado en descifrar aquella instantánea que pude retener en mi mente, de la que poca información  podía sacar. Sabía que el mal germinaba en unas ruinas y era antiguo, mucho más que yo. La convicción de esa  pesquisa  me hizo tropezar y caer aparatosamente por un desnivel en  el camino, precipitando  mi caída en  un irracional  descenso,  hasta un paso inferior  situado a unos  15 metros  bajo  la trocha. En esos interminables  minutos me fallo toda agilidad  y acabe   frenando  con la cabeza de manera forzada contra un árbol.  


 Jamás había experimentado el dolor  y  resulto sumamente desagradable. Calibre  su  intensidad  apretando  con los  dedos de ambas manos  en el punto más álgido de la herida, haciendo que cesara bajo la presión de mi propia energía.


Busque de nuevo el  recuerdo de la imagen, ahora mas distorsionada, se presentaba borrosa y difuminada.  La estaba perdiendo.  Reconocí  en  el último destello de  la ilusión  como se removía el polvo,  se elevaba y perdí totalmente la visualización.


 Un viento helado de súbito azoto mi rostro, las hojas se alzaron movidas por  inmensos remolinos que avisaban  de la llegada de algo, algo con olor a muerte.

Pause mi mano en  mi pecho, para calmar mi corazón  que pareció comenzar a latir en ese momento,  no antes y  tome conciencia de mi pecado.


Me sentí vulnerable en un cuerpo humano. Desde mi posición era imposible retomar la vereda por la que venía  bajando, pero debía apresurarme  para alejarme de allí, note como el silencio me seguía y corrí lo más rápido que pude, a lo lejos distinguía un tronco caído  que podría servirme de cobijo.





sábado, mayo 5

Dijins Di. 10.


Sabía que solo de esta manera, daría tregua a la visión romántica que tenia idealizada  del amor, un amor que se enraizó desde mis comienzos pero que jamás alcance a  dejarlo fluir.
Planee  mis pasos  y calcule  cada una de las opciones que pudieran surgir, como inconvenientes,  para alcanzar mi meta  ya fijada en ese hombre, cuya imagen  permanecía grabada a fuego en mi alma.

Necesite bautizar mi  forma femenina, para quitarle fuerza y poder,  a mi esencia primaria y de esta manera dejar descansar en un sueño profundo al Dijin que habitaba en mí. Era consciente que en esta nueva forma, renegaría de muchas de las ventajas  y los  placeres que albergaba y había adquirido a lo largo de toda la existencia que había llevado. Tarde dos semanas en dar con el nombre adecuado. El que representara, a la recién adquirida personalidad.  Leienel

Practiqué una ceremonia,  presidida por  los cirios  y otros  elementos bendecidos que sustraje de una iglesia. Con todo  ello,  al atardecer  me encamine  a la cima de la montaña que contenía el círculo ceremonial y sagrado en el cual mis ancestros, habían practicado infinidad de sacrificios y en el que algunos humanos también practicaban rituales de carácter mágico. El ascenso fue pesado y lento debido a mi debilidad por el estado avanzado del cambio.  Creí, más oportuno  burlar  así  a mí sino.  En el cáliz, derrame unas gotas de sangre, que por primera vez brotaba de mi cuerpo, repare unos instantes en su color y se me antojo demasiado oscuro.


(El tono de su voz era pausado pero penetrante, pronunciaba cada palabra desde el interior.  Proyectaba una ilusión en la que no gesticulaba y  tampoco movía sus labios, pero la fatiga iba haciendo mella en Di)

jueves, mayo 3

Dijins Di. 9.





La transformación es un proceso doloroso, que desgasta muchas de nuestras facultades, nos debilita y en esa transición somos vulnerables. No es fácil embutir, en una nueva apariencia todo el conocimiento adquirido durante miles de años. No es  fácil retener en una masa, la espuma de la que estamos formados, por eso el proceso es largo. Me llevo dos meses perfeccionar mi nuevo cuerpo, moldear las formas, aprender a caminar y moverme sin tropezar. Hacerlo mío. Para ello tuve que internarme en una cabaña abandonada, alejada de la civilización y sobre todo, de otros que son iguales a mí. Después de lo que había hecho estarían buscándome, no tenía la menor duda, de que ansiaban mi caza.


(Di, contaba  su historia, desde el centro de una estancia, parcialmente  integrada en la  penumbra, de dimensiones inmensas.  Custodiado por  seis cámaras, que enfocaban a sus manos, cara y cuerpo.   Permanecía sentado, atado por las muñecas  y  los tobillos. Una cincha  ancha y bastante gruesa,  apretaba su pecho contra el respaldo de  un  antiguo  asiento de marfil, decorado con  extrañas tallas.

La única parte de su cuerpo que estaba libre, era  su cabeza. Inclinada hacia adelante, su rostro no se dejaba ver  por la cortina de  pelo  largo,  que le  caía por  inercia.

Un foco de luz indirecta, marcaba los contornos de su silueta, magnificando si cabe, aún más la oscuridad de la estancia. En los visores de las cámaras se apreciaban diversos enfoques  de las partes de su cuerpo, en distintos  procesados y programas de grabación.)




miércoles, mayo 2

Dijins Di. 8.




Persiguiendo esa nueva angustia que me nacía dentro. Abrace la necesidad innata de acercarme a él, embriagarme en su totalidad. No sabré jamás con qué fin, se detuvo el tiempo en el preciso segundo en  que lo vi.


 Aquella noche paseaba sin rumbo bajo las estrellas de mi ciudad. En un callejón cercano de donde me encontraba, dos semejantes a mí, pero de un nivel superior.  Se ensañaban  a golpes, con un cuerpo que yacía inconsciente en el suelo,  la sangre brotaba por diversas roturas de su piel, estaba  envuelto en una extraña bruma, que solo emana, de aquellos que están a punto de morir. Observaba sin intención de intervenir,  pero  esa nube sedosa me rozo. La sensación fue breve pero intensa, mis manos se humedecieron de agua semejante a  minúsculos cristales  purpura y de mis ojos broto una simple lagrima,  de seguido surgió un grito interior que desgarro mi garganta  e intuitivamente y casi por inercia sin darme cuenta, destrozaba la espalda de uno de los dos agresores, el  segundo se retiro perdiéndose entre las sombras  susurrando mi nombre, como la serpiente del viejo libro, “DI”. El remolino de viento que dejo tras su marcha aventuraba mi final.


No deje de arrodillarme a su lado, empapándome con su sangre, sostuve su cabeza entre mis manos. Era la primera vez que deseé, devolver  la vida.  Conseguí  a duras penas, que abriera los ojos, eran de un brillo cristalino, como diamantes con diversos destellos de color plateado.

 Agonizando, sostuvo mi mirada  y agradeció que le salvara, pronunciando estas únicas palabras  “Amigo del alma”. Las que me torturan aún. Después desfalleció en su totalidad, tan solo un hilo mantenía su vida atada a este mundo. No creo que llegara ver mi rostro, ni tan siquiera sentir mi presencia, mi primer impulso fue dejarlo morir, sin duda estaba escrito que no podía ser así.


Cargue con su peso muerto durante una  hora,  hasta alcanzar la entrada de un hospital. Lo deposite en el suelo y desde la distancia reventé los cristales, que adornaban su entrada, haciéndolos vibrar.
 El ruido  no hizo esperar, a la consecuencia que  yo buscaba. Vi como algunos humanos alborotados, se cuestionaban tal situación, pero siempre hay algunos que utilizan la razón.  Acercando una camilla, rápidamente y con urgencia, improvisaban  un plan para salvar al hombre que les había entregado.


No se me antojo de otra manera,  más que la de transformar mi apariencia, si quería volver a saber de él.  



martes, mayo 1

Dijins Di 7.






 Con el paso del tiempo me encontré,  sentenciándome a mí mismo en  la prepotencia de mis actos, me descubría  a partir de aquel encuentro, siempre, profundamente pensativo e irrevocablemente  conectado a  su maldita fe. Cuestionándome, indagando dentro de mí,  buscando una vulgar respuesta que no conseguía encontrar.

Mientras  desempañaba una aburrida y cotidiana bisección de cualquier animal, para matar los ratos muertos, sin ningún provecho científico.  He de  admitirme,  que   reclamaba  a gritos  lo que no comprendía, lo que me dio. Necesitaba respuestas y no llegaba a encontrarlas,  las emociones eran totalmente desconocidas para mí. Pero... ¿Qué me pasaba?

Carente en mi ánfora, de esa cualidad, empecé a cambiar, ya no me divertía degollar a un ser humano, cosas como empalar a un animal o quemar una casa.

Por esa razón  paseaba sin rumbo, confundido en mis pensamientos, mientras a mis pies escapaban algunos animales, o los  habitantes de  cualquier ciudad, que  ahora percibía de otra manera. 

 La existencia, mi existencia, por fin, tomaba otra conclusión...  Todo ser con vida, por instinto participa  del miedo y del amor.